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de Laura Frost


Okupa-do


       Esta mañana, mientras desayunábamos (aunque tú no estabas, porque nunca estás) he derramado el café sobre el periódico. Eso no ha sido dramático, será porque ya hace mucho tiempo que practico el arte de perder, aunque el camarero ha parecido ofuscarse por tan nimio incidente. No tenían más periódicos. Yo he preferido mordisquear la tostada y pedir otro café (americano y en taza, como a ti te gusta) y luego he olvidado contarte que ayer se quemaron las galletas y que se suspendió el club de lectura por la lluvia. La lluvia siempre consigue desbordarlo todo. Supongo que mi olvido se debía a que intenté encontrarte entre los posos del café. A mi lado, siempre enfrascado en la lectura de su ajado ejemplar de Las flores del mal (nunca entenderé qué ve la gente en Baudelaire), estaba el chico del centro social ocupado. Yo creo que solo lee una página al día y cuando termina vuelve a empezar como los ratones en las ruedas de sus jaulas. Tiene una estrella tatuada en el brazo y los pelos se le asemejan a unos alfajores larguísimos. Nunca te he hablado de él (será porque nunca vienes) pero tiene un perro además de un libro. Y desprende un olor que lo inunda todo, tanto que huele desde lejos. Pobre vagabundo del extrarradio del mundo, apesta a soledad…, como yo.






Danzad malditos

       Cuando nos quedamos dormidos en los sitios encantados es cuando nos damos cuenta de que realmente lo están. Y los sueños se muestran vívidos, tangibles como el bocado que asestamos a una fruta en verano. Y el lugar encantado, aunque sea gris y el tiempo transcurra como un mar en calma donde nunca pasa nada, es cálido. Entonces aparece un apuesto caballero, que se nos antoja Francis Scott Fitzgerald porque leímos todas sus novelas y nos enamoramos de él, para sacarnos a bailar. Quizás sea el paisaje más inhóspito y el fuego de una hoguera amenace con destrozar la seda que nos protege, pero nos sentimos felices. O al menos, eso creemos. Es muy probable que aún no nos hayamos dado cuenta de que danzamos en el mundo de los muertos. Pero para cuando ese momento llegue, habremos bailado y reído tanto, que quizás no importe.






El tiempo detenido


       Pedro murió el año pasado. No hace tanto tiempo, aún estamos en febrero. Y nada se ha parado, aunque a veces sienta que pueda ver hasta las motas de polvo gravitando entre la nada de los días y, sobre todo, porque creo estar viviendo en un tiempo detenido. Pero, en realidad, todo sigue igual.
       El viaje a Italia había sido idea de mi hermana, ella es así, le gusta viajar. A mí lo que me gusta es mi hermana. Metí cuatro cosas en una maleta de mano y me subí al avión con el convencimiento de que todos murmurarían acerca de mi total falta de tacto por viajar en un luto reciente. No me importó, nada importa cuando el tiempo se detiene.
       Verona es una ciudad hermosa. Italia entera lo es, pero allí también se queda el tiempo suspendido. Es como un fantasma que va contigo y hace que el silencio de las cosas pese todavía más. Ella dice que lo mejor que podemos hacer con nuestros fantasmas es sacarlos a pasear, pero yo creo que al mío no le agrada viajar. A Pedro tampoco le gustaba.
       Fabrizzio trabajaba de recepcionista en el hotelito que mi hermana nos había conseguido. Era guapo. Todos los italianos parecen serlo de algún modo. Me sonreía y me dirigía piropos en ese idioma cantarín e inteligente que ellos han tenido el don de desarrollar.
       Mi hermana me disculpó la ausencia una noche justo después de los postres, en realidad, ella siempre me disculpa. Supongo que creyó que el apuesto muchacho amortiguaría mi dolor. Yo también lo creía, y lo hizo, aunque solo durante un rato. Después el tiempo volvió a congelarse y yo preferí escabullirme entre las sábanas mientras él dormía.
       Ahora tengo un retraso en el periodo de dos semanas. También una maleta sin deshacer y un montón de suvenires que no sé a quién regalar. Voy camino de la farmacia decidida a comprar dos cosas: una prueba de embarazo y un chupete. Algo me dice que lo voy a necesitar.






de Lydia Cotallo


Breve cuento de Año Nuevo



       Nos encontramos en el pasillo que lleva al dormitorio y algo sucedió. No sé si en él fue la abertura de mi pijama entre los pechos, o que a mí me atravesó su mirada sugerente de «¿por qué no?». De repente estaba adherido a mi espalda y sentí su aliento cálido en la nuca, la humedad de su boca en el cuello, en los hombros, la irreverente presión entre las nalgas y esa forma única de volar que aprendimos a la vez. Sí, nos encontramos en el pasillo de un modo inhumano, lo sé, indigno en dos personas que están a punto de divorciarse.
      Después de esto volver al salón fue volver a la realidad fría y meditada, una realidad de la que era imposible escapar y aun así, durante unos segundos, arrullados por el sonido de un televisor que nadie atendía, nos sostuvimos la mirada. Él me sonrió y dijo:
      ─ Marta, feliz año nuevo.
      Le devolví la sonrisa y, sin más, continuamos nuestra tarea individual de repartirnos los recuerdos.







Caprichos de la reina



       «¡Traedlo!», bramó la reina tras un rotundo golpe de cetro que espantó a los criados, quienes corrieron despavoridos a buscar lo que Su Majestad precisaba.
       Ya en la sala contigua se miraron unos a otros preguntándose desconcertados qué diantres debían buscar. Sabían de la excentricidad de la reina y acordaron aportar una rareza cada uno, con la esperanza de que entre la docena que consiguieran hubiera alguna que coincidiera con su deseo.
       Mientras los criados reunían una rueca para hilos invisibles, un duerme-unicornios metálico y otros utensilios inexistentes, Su Majestad dictaba al escribano:
      Querida Reina Gertrudis:
Mi infinita gratitud por sugerirme este pasatiempo. Jamás me he divertido tanto. Estoy impaciente por ver lo que estos infelices carentes de imaginación...





La Madame


       Nuestro amor era penetrante y silencioso. Se materializaba en forma de sexo mudo, solo a veces acompañado de gemidos casi inaudibles que asomaban tímidos a las gargantas. No me eligió por ser la más bonita ni la más joven, al contrario. Hacía mucho que mi cuerpo presentaba los signos inequívocos del paso de los años y de tantos servicios en la profesión. En aquel tiempo centraba mi actividad en la gestión del negocio heredado de mi madre, pero Martin era distinto a todos los demás y lo que empezó siendo una excepción pronto se convirtió en una llovizna pertinaz que me caló hasta los huesos.
       Martin era un ser melancólico. Aparecía sin avisar, con su camisa abierta hasta el ombligo y su barba de varios días, un aspecto poco habitual entre los descendientes de los colonos. Si me encontraba de espaldas frente al tocador se aproximaba por detrás y me besaba la nuca. Me giraba y atraía mi cabeza hacia su vientre con los dedos enredados en mi pelo; si me encontraba descansando sobre la cama se tumbaba junto a mí y pegaba su mejilla a mi pecho. De una u otra forma así permanecíamos varios minutos, sumergidos en la inmovilidad. Tan solo a veces, cuando se iba, intercambiábamos nuestras únicas palabras: «¿Por qué yo?» le preguntaba. «Porque callas, porque siempre sabes lo que hacer». Después se perdía sigilosamente, hasta que otro día indeterminado aparecía y repetíamos nuestro ritual.
       Decía un novelista que conocí que cuando algo sucede, desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo. Lo que sucedió se llamaba Lily. Su belleza lánguida y sosegada encandilaba a los clientes. Todo en ella era menudo y aunque no era la chica más joven del burdel, su sonrisa inocente, sus pechos pequeños casi infantiles, sus caderas como a medio formar, atraían a los hombres de uno y otro lado del lago. El negocio prosperó mucho con su llegada y pude enviar importantes sumas de dinero a mi hija, quien entonces vivía en Europa junto a su padre. Todo iba bien. Hasta que él se enamoró de Lily.
       Martin espació las visitas a mi alcoba cada vez más hasta que dejaron de existir. Intuí desde el principio que se encontraban a escondidas y una noche los vi. La imagen de sus cuerpos enlazados en el porche trasero me persiguió durante meses. De nada me sirvió la experiencia acumulada por el trato con hombres de toda condición, el saber cómo funcionan sus mentes. Los celos me devoraban. Después de tantos años las pasiones más primarias habían quedado al descubierto y no sabía cómo manejarlas. A eso nadie me había enseñado.
       En aquella tierra la densidad del aire marcaba el paso de la mayoría de los acontecimientos y también la locura de sus habitantes. Una tarde se volvió muy pesado. El ventilador apenas podía moverlo y costaba respirar. Comenzaba a anochecer cuando las chicas acudieron al salón principal entre gritos, también los escasos clientes que a esas horas nos acompañaban. Lily estaba tumbada inmóvil sobre uno de los divanes, tenía un círculo rojo en la frente. Martin apareció a mi espalda de la nada, como solía hacer, y me tomó delicadamente por los hombros. Intenté abrazarlo pero me lo impidió. Al girar la cabeza hacia mi mano lo comprendí: el maldito revólver todavía humeaba.


de Rebeca Barrón



Hoy he arrancado una pluma a un ángel



       Ayúdame a escribir una historia. 
       Dejo la piedra a los pies del altar, donde la libertad limita con el alma. Ayúdame a contar cómo los copos de nieve se posan en los hombros, cómo el hielo se resquebraja bajo tus pies y las aguas anulan tu voluntad. Te he visto sonreír aunque ahora sangres. Y así, sin humanidad y con los dioses mirando hacia otro lado, el hombre débil sirve para crear conciencia y lo oscuro es reagrupado para la guerra. Cada hilo de esperanza liberada da luz a un nuevo amanecer. No te prometo nada en tu vida, únicamente dignidad.



de Rebeca Barrón


Hoy he arrancado una pluma a un ángel



       Ayúdame a escribir una historia. 
       Dejo la piedra a los pies del altar, donde la libertad limita con el alma. Ayúdame a contar cómo los copos de nieve se posan en los hombros, cómo el hielo se resquebraja bajo tus pies y las aguas anulan tu voluntad. Te he visto sonreír aunque ahora sangres. Y así, sin humanidad y con los dioses mirando hacia otro lado, el hombre débil sirve para crear conciencia y lo oscuro es reagrupado para la guerra. Cada hilo de esperanza liberada da luz a un nuevo amanecer. No te prometo nada en tu vida, únicamente dignidad.







Intimidad



                    Te regreso
                    del silencio y de la noche en otoño,
                    al susurro de la mañana,
                    hoy el dolor es amigo que calma el desconsuelo.
                    Te doy mi mano, estoy sola sin tu despertar,
                    sin el descuido de cada día.
                    Me he quedado sin fechas,

                    sin miedo,
                    sin lugar en la mesa,
                    sin interrogaciones.
                    Aún me pierdo en la ventana
                    pero hoy te regreso del túnel a mis brazos
                                        me concentro, en ti.


de Luisa García-Ochoa


Olores



       Mientras sacaba los productos comprados del carro y los instalaba en el coche pensaba:
        Otra vez estoy con el hombre equivocado.
        En ese momento me sensibilicé con un olor a vainilla que invadía el aparcamiento. Me resultó agradable, me gusta el olor a vainilla más que su propio sabor.
       No es la primera vez que me ocurre cuando tengo un pensamiento oscuro o sombrío o, simplemente, dudoso: mis sentidos buscan algo mejor. En este caso mi olfato captó el suave aroma a vainilla.
       — ¿Tendría razón mi amiga Palmira cuando afirmaba, de forma contundente, que para los hombres somos un agujero? Bueno: dos tetas y un agujero.
        ¡Mmmmmm y ese olor a vainilla que me embriagaba!
       Dejé el carro, me subí al coche y salí del aparcamiento.
       Palmira me llamaba un día sí y otro también y, siempre, terminábamos hablando del sexo opuesto. Ella hablaba por las dos, por el suyo y sus defectos y el mío y los suyos.
      Mi olfato detectaba el olor a gasolina y asfalto, así que puse el disco de Bob.
        ¿Sería Dylan como todos? Aunque si era como todos, al menos te canta, que no es lo mismo ¿no?
       Al entrar en casa sonó el teléfono, era él, hoy no tenía ocupa, podríamos estar juntos en su casa.
       ¿Qué es lo que yo quería un viernes a las ocho de la tarde? ¿Quería ser dos tetas y un agujero? Siempre la indecisión.
       Fui a su casa, decidida a hablar, habiéndome ensayado varias premisas: la primera, nuestra secreta relación que duraba ya tres años, y las siguientes, relativas a sentimientos oblicuos que, aún en una postura surrealista y vital que huía con gran esfuerzo de la cultura judeocristiana que nos inculcan, me atenazaban la mente como un fórceps sin compasión.
       Él atendió mi discurso, me invitó a una cerveza y después nos despedimos.
       Al día siguiente, a media mañana, sonó el teléfono con un número desconocido. Alguien requería mi presencia con urgencia, alguien repetía mi nombre en un hospital en Madrid.
      Allí estaba él, medio sonriente, sus tres hijas le acompañaban. Entramos a la consulta del psiquiatra.
      ¿Conoce usted a este hombre? - dijo sin más preámbulos el médico.
       Le miré, seguía sonriente y contesté afirmativamente bajo la mirada absorta de sus tres hijas.
        Aclarado - dijo satisfecho el facultativo -. Como les comentaba al comienzo de su visita no tiene demencia senil. Su padre está en su sano juicio.
       Pedro se agarró a mi brazo de forma férrea, como para no soltarme nunca, como si fuera de su propiedad.
      Todos nos miraron mientras salíamos del hospital.
        ¿Era el hombre acertado? - seguía pensando.
      Un olor a éter se descomponía en mi nariz.









de José Gerardo Vargas Vega



El Jazz rasga con dulzura



       El jazz rasga con dulzura las nostalgias del corazón. La desbordante magia del saxo dibuja nuevas ilusiones a lo largo de una senda misteriosamente caótica. Todo es luminosidad, multitud de versos recorren los clubs y cafés buscando las razones de los poetas, sus palabras van cargadas de quejas y gritos contra una sociedad que les da la espalda. Sus demandas caen en el saco roto de las desdichas, en donde la verdad se oculta en metáforas alocadas que pregonar absurdas necedades que nadie quiere escuchar, no les interesa saber lo que encierran aquellas palabrejas tan extrañas e inconexas. Quién puede entender a estos individuos que se ocultan tras barbas de varios años? Da un no sé qué aquellos ojos llenos de madrugadas donde se adivinan estrellas, ebrias de ginebra barata, dando la nota. Son seres muy curiosos.
       El jazz sigue sonando y llenando el ambiente de lejanos amaneceres, los versos, atentos, aguardan las excentricidades de las musas aburridas, pero ya les da igual todo, no se quieren complicar la vida, que se mojen los poetas, ellos son los responsables de las gilipolleces metafóricas que claman a los cuatro vientos.
       El saxo juega con sus ritmos, las notas embriagadoras logran sacar a bailar a los tímidos versos que se afanan por comprender lo incomprensible, pretenden arreglar un mundo que, por momentos, parece perder la cordura.
       Los poetas hablan y hablan, comparten miserias. El jazz les anima a continuar su lucha utópica, seguirán, mientras les dejen, jugando con díscolas palabras tratando de poner algo de cordura en este mundo desquiciado, aunque esta cordura también sea metafórica.
       El saxo, con su nostalgia desbordante, impone su maravillosa ley y los poetas empiezan a escribir, sobre las lentas horas de la noche, sus últimas metáforas de la vida.


de José Gerardo Vargas Vega


En esta soledad mía



                    busco nuevas ilusiones
                    en los recodos del camino.

                    Las palabras me empujan
                    al abismo de las desdichas
                    donde la blancura se cubre
                    de una dolorosa niebla.

                    Los relojes, con ironía,
                    me regalan un tiempo gris,
                    los versos se descomponen,
                    todo desaparece
                    entre una multitud
                    de máscaras asesinas.

                    Mi soledad, esta perpetua y
                    vieja compañera de viaje,
                    me guía hacia un horizonte
                    que se diluye lentamente.

                    Seguiré la estela
                    de los pasos perdidos.








El Jazz rasga con dulzura



       El jazz rasga con dulzura las nostalgias del corazón. La desbordante magia del saxo dibuja nuevas ilusiones a lo largo de una senda misteriosamente caótica. Todo es luminosidad, multitud de versos recorren los clubs y cafés buscando las razones de los poetas, sus palabras van cargadas de quejas y gritos contra una sociedad que les da la espalda. Sus demandas caen en el saco roto de las desdichas, en donde la verdad se oculta en metáforas alocadas que pregonar absurdas necedades que nadie quiere escuchar, no les interesa saber lo que encierran aquellas palabrejas tan extrañas e inconexas. Quién puede entender a estos individuos que se ocultan tras barbas de varios años? Da un no sé qué aquellos ojos llenos de madrugadas donde se adivinan estrellas, ebrias de ginebra barata, dando la nota. Son seres muy curiosos.
       El jazz sigue sonando y llenando el ambiente de lejanos amaneceres, los versos, atentos, aguardan las excentricidades de las musas aburridas, pero ya les da igual todo, no se quieren complicar la vida, que se mojen los poetas, ellos son los responsables de las gilipolleces metafóricas que claman a los cuatro vientos.
       El saxo juega con sus ritmos, las notas embriagadoras logran sacar a bailar a los tímidos versos que se afanan por comprender lo incomprensible, pretenden arreglar un mundo que, por momentos, parece perder la cordura.
       Los poetas hablan y hablan, comparten miserias. El jazz les anima a continuar su lucha utópica, seguirán, mientras les dejen, jugando con díscolas palabras tratando de poner algo de cordura en este mundo desquiciado, aunque esta cordura también sea metafórica.
       El saxo, con su nostalgia desbordante, impone su maravillosa ley y los poetas empiezan a escribir, sobre las lentas horas de la noche, sus últimas metáforas de la vida.


de Valeriano Franco


Cartas Marcadas


       Mediados de Diciembre, hacía frío en León. Los domingos Manolo salía a pasear con Matilde, pero hoy lo había hecho sólo, porque quería revisar unas facturas, lo que le llevaría bastante tiempo. Subió a la oficina. Sobre la mesa le habían dejado varias cartas. Repasó los sobres y observó que una de ellas tenía remite oficial, pero no abrió ninguna, las dejó para el lunes. Se metió con las facturas y cuando acabó, desde la ventada que da a la nave, contempló sus autobuses, todos alineados, cada uno en su dársena; era su obra, a ellos había entregado el sudor de su vida, solía repetir. Se acercó al panel de fotos donde fijaban los eventos más importantes ocurridos en su negocio. Sintió orgullo de lo que había conseguido. Entonces, empezó a recordar escenas de su pasado. Eran escenas, que, sorprendentemente, percibía con todo detalle:

       La más antigua venía del año siguiente de acabar la guerra civil, cuando se defendía con una “vieja rubia” que utilizaba para todo tipo de transportes. El de aquel día era especial. El frío cortaba como un cuchillo. Lo había acordado con las dos familias. Llevaría los dos ataúdes en un solo viaje, un féretro encima del otro, así el porte les saldría casi por la mitad. 
       Ya enfilaba la carretera general. Cuando los vio y soltó un juramento.
       – Tenemos que revisarte, Manolo, –dijo el agente acercándose a la ventanilla y saludando marcialmente –. Son órdenes.
       – No me jodáis ¿es que no me conocéis? Llevo dos fiambres a enterrar y tengo que estar al otro lado del Pajares antes de las ocho. Lo sabéis, soy el cuñado de Fidel.
       – Pues sólo eran ataúdes –comentó el número cuando Manolo ya se había perdido de vista, después de la curva.
       – Pero alguien tiene que estar haciéndolo –replicó el cabo–. La mercancía no va sola por los aires, ni aparece por generación espontánea en los mercados. ¡Joder con el estraperlo!
       Marcial le esperaba en el cobertizo. Bajaron el ataúd que contenía los dos cadáveres y lo dejaron en el suelo. Sin bajar el otro, trasladaron la mercancía que contenía a la furgoneta de Marcial. Del ataúd que estaba en el suelo, sacaron el cadáver de arriba y lo metieron en el ataúd de la mercancía, que había quedado vacío. Había abierto la boca, no tenía dientes, y el rigor mortis dificultaba la operación. Con el trasiego, el rosario que llevaba entre las manos se rompió y las cuentas saltaron desparramadas. Recogieron las que encontraron, las echaron dentro y lo cerraron. El otro cadáver, el de abajo, parecía vivo, tenía los ojos abiertos.
      – ¿Y esto es todo? –dijo cabreado Manolo después de contar los billetes.
      – Y será menos en adelante –dijo Marcial– los del fielato me piden más, no quieren hacer la vista gorda por tan poco. Habla con tu cuñado Fidel, es el alcalde, tiene influencia, no sólo es poner el cazo.
      La escena que le llegaba ahora era de 1948, estaba seguro de la fecha. Fue cuando se realizaron las primeras elecciones municipales franquistas. A Fidel, alcalde de San Martín de la Ribera desde el final de la guerra y jefe de Falange de la comarca le ofrecieron un puesto en la oficina de propaganda en la Gobernación Provincial y se fue a vivir a León. Él, cansado de arreglar la “rubia”, la envió al desguace y se compró un viejo autobús GMC en el que, algunos domingos, llevaba mozos a León cuando jugaba La Cultural Leonesa. El resto de la semana, brujuleaba por los mercados, hasta el día que su cuñado le consiguió del Gobernador la línea de viajeros San Martín-León para hacer el recorrido los martes y sábados, días de mercado en la Capital. 
      La escena de las Navidades de 1960 la recordaba muy bien porque era una de las fechas más importantes para el negocio, pues a partir de ahí, empezó a consolidarse: Le adjudicaron dos nuevas e importantes líneas regulares de autobuses con vigencia por períodos de tres años que la Junta de Calificación, en el concurso de nuevos solicitantes, siempre se las renovó, y siempre en votación por unanimidad. Por aquel entonces Fidel ya era Gobernador Civil de León.
      Inolvidable fue todo 1967: Fidel fue elegido Procurador por el Tercio Familiar en las elecciones a Cortes y se trasladó a Madrid. El negocio rendía entonces beneficios suficientes. Se habían cambiado a la nueva nave, más amplia y funcional y renovado parte de la flota.
      Y más grato fue lo que empezó con 1970: De decidió dejar totalmente de conducir. Se sentía ya cansado. Sin embargo acudía diariamente a la oficina desde donde vigilaba la buena marcha del negocio.
      Actualmente, los domingos, solía pasear con Matilde, su mujer, por la Avenida de Papalaguinda. Por fin, decía, empezaba a disfrutar de la vida.

       Cuando el lunes los autobuses habían salido a sus rutas y la nave estaba vacía, como todos los días, subió a la oficina, saludó al contable, entró en despacho y se sentó. Hizo dos llamadas y retomó las cartas. Había tres más que habían llegado esa mañana. Sólo las certificadas no las abría el contable. Se puso las gafas de leer y las abrió. Cuando leyó la del remite oficial lo hizo moviendo los labios como masticando las palabras: “Le recordamos que el próximo 31 de Diciembre de 1978 finaliza el contrato que Vd. tiene suscrito con esta Administración Territorial para explotar las líneas de viajeros San Martín-León, León-Ponferrada y León-La Bañeza. Así mismo le comunicamos que en concurso celebrado para la provisión del servicio durante los tres próximos años, la Junta Calificadora ha elegido por unanimidad a la empresa Autobuses Fernández S.L. lo que comunicamos a Vd. para, etc., etc., etc. ” Al terminar, Manolo, notó que había empezado a sudar.




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de Valeriano Franco


Poema para invierno



                  Hablo desde ese frío que ofusca el pensamiento
                  cuando no tienes nada donde asirte,
                  porque hasta al tiempo le fatiga el tiempo
                  y lo único que queda es el silencio.

                  Hablo de aquellos anchos ríos
                  que regaron riberas impacientes,
                  y hoy pedregales son donde, en la noche,
                  anida, sin salida, la esperanza.

                  Hablo del ansia generosa
                  que enarboló utopías al comienzo
                  cuando el gozo inexperto del ingenuo
                  ejercitó la fuerza sin malicia.

                  Hablo por todos los rosales
                  que hasta en invierno, a veces, florecían,
                  y agonizan de sed sin jardineros.

                  Y hablo también del valle, hogar de mis semillas,
                  donde el olvido se adueñó del río,
                  hasta aguantar la ausencia y yo resista.

                  Por eso ya no quiero ni persigo nada.
                  Las preguntas tuvieron su respuesta.
                  Ninguna de ellas hoy ya me interesa.
                  Mi nombre es breve y mi poder tan frágil
                  como el vuelo de un gorrión herido.

                  Para hacer el camino que aún me agobie,
                  sólo un poco el sol y menos aire.
                  El sol de la mañana es importante.
                  Me llama amigo y yo le llamo amigo.
                  Así que, oído barra, el mundo por montera
                  y a caminar despacio.
                  De lo que pudo ser pero está muerto,
                  por suerte, estoy ya al cabo de la calle.







Cartas Marcadas



       Mediados de Diciembre, hacía frío en León. Los domingos Manolo salía a pasear con Matilde, pero hoy lo había hecho sólo, porque quería revisar unas facturas, lo que le llevaría bastante tiempo. Subió a la oficina. Sobre la mesa le habían dejado varias cartas. Repasó los sobres y observó que una de ellas tenía remite oficial, pero no abrió ninguna, las dejó para el lunes. Se metió con las facturas y cuando acabó, desde la ventada que da a la nave, contempló sus autobuses, todos alineados, cada uno en su dársena; era su obra, a ellos había entregado el sudor de su vida, solía repetir. Se acercó al panel de fotos donde fijaban los eventos más importantes ocurridos en su negocio. Sintió orgullo de lo que había conseguido. Entonces, empezó a recordar escenas de su pasado. Eran escenas, que, sorprendentemente, percibía con todo detalle:

       La más antigua venía del año siguiente de acabar la guerra civil, cuando se defendía con una “vieja rubia” que utilizaba para todo tipo de transportes. El de aquel día era especial. El frío cortaba como un cuchillo. Lo había acordado con las dos familias. Llevaría los dos ataúdes en un solo viaje, un féretro encima del otro, así el porte les saldría casi por la mitad. 
       Ya enfilaba la carretera general. Cuando los vio y soltó un juramento.
       – Tenemos que revisarte, Manolo, –dijo el agente acercándose a la ventanilla y saludando marcialmente –. Son órdenes.
       – No me jodáis ¿es que no me conocéis? Llevo dos fiambres a enterrar y tengo que estar al otro lado del Pajares antes de las ocho. Lo sabéis, soy el cuñado de Fidel.
       – Pues sólo eran ataúdes –comentó el número cuando Manolo ya se había perdido de vista, después de la curva.
       – Pero alguien tiene que estar haciéndolo –replicó el cabo–. La mercancía no va sola por los aires, ni aparece por generación espontánea en los mercados. ¡Joder con el estraperlo!
       Marcial le esperaba en el cobertizo. Bajaron el ataúd que contenía los dos cadáveres y lo dejaron en el suelo. Sin bajar el otro, trasladaron la mercancía que contenía a la furgoneta de Marcial. Del ataúd que estaba en el suelo, sacaron el cadáver de arriba y lo metieron en el ataúd de la mercancía, que había quedado vacío. Había abierto la boca, no tenía dientes, y el rigor mortis dificultaba la operación. Con el trasiego, el rosario que llevaba entre las manos se rompió y las cuentas saltaron desparramadas. Recogieron las que encontraron, las echaron dentro y lo cerraron. El otro cadáver, el de abajo, parecía vivo, tenía los ojos abiertos.
      – ¿Y esto es todo? –dijo cabreado Manolo después de contar los billetes.
      – Y será menos en adelante –dijo Marcial– los del fielato me piden más, no quieren hacer la vista gorda por tan poco. Habla con tu cuñado Fidel, es el alcalde, tiene influencia, no sólo es poner el cazo.
      La escena que le llegaba ahora era de 1948, estaba seguro de la fecha. Fue cuando se realizaron las primeras elecciones municipales franquistas. A Fidel, alcalde de San Martín de la Ribera desde el final de la guerra y jefe de Falange de la comarca le ofrecieron un puesto en la oficina de propaganda en la Gobernación Provincial y se fue a vivir a León. Él, cansado de arreglar la “rubia”, la envió al desguace y se compró un viejo autobús GMC en el que, algunos domingos, llevaba mozos a León cuando jugaba La Cultural Leonesa. El resto de la semana, brujuleaba por los mercados, hasta el día que su cuñado le consiguió del Gobernador la línea de viajeros San Martín-León para hacer el recorrido los martes y sábados, días de mercado en la Capital. 
      La escena de las Navidades de 1960 la recordaba muy bien porque era una de las fechas más importantes para el negocio, pues a partir de ahí, empezó a consolidarse: Le adjudicaron dos nuevas e importantes líneas regulares de autobuses con vigencia por períodos de tres años que la Junta de Calificación, en el concurso de nuevos solicitantes, siempre se las renovó, y siempre en votación por unanimidad. Por aquel entonces Fidel ya era Gobernador Civil de León.
      Inolvidable fue todo 1967: Fidel fue elegido Procurador por el Tercio Familiar en las elecciones a Cortes y se trasladó a Madrid. El negocio rendía entonces beneficios suficientes. Se habían cambiado a la nueva nave, más amplia y funcional y renovado parte de la flota.
      Y más grato fue lo que empezó con 1970: De decidió dejar totalmente de conducir. Se sentía ya cansado. Sin embargo acudía diariamente a la oficina desde donde vigilaba la buena marcha del negocio.
      Actualmente, los domingos, solía pasear con Matilde, su mujer, por la Avenida de Papalaguinda. Por fin, decía, empezaba a disfrutar de la vida.

       Cuando el lunes los autobuses habían salido a sus rutas y la nave estaba vacía, como todos los días, subió a la oficina, saludó al contable, entró en despacho y se sentó. Hizo dos llamadas y retomó las cartas. Había tres más que habían llegado esa mañana. Sólo las certificadas no las abría el contable. Se puso las gafas de leer y las abrió. Cuando leyó la del remite oficial lo hizo moviendo los labios como masticando las palabras: “Le recordamos que el próximo 31 de Diciembre de 1978 finaliza el contrato que Vd. tiene suscrito con esta Administración Territorial para explotar las líneas de viajeros San Martín-León, León-Ponferrada y León-La Bañeza. Así mismo le comunicamos que en concurso celebrado para la provisión del servicio durante los tres próximos años, la Junta Calificadora ha elegido por unanimidad a la empresa Autobuses Fernández S.L. lo que comunicamos a Vd. para, etc., etc., etc. ” Al terminar, Manolo, notó que había empezado a sudar.




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de Emilio Porta



Mago



       Sacaba cintas, bolas, conejos y palomas de su chistera... y todo con una varita que él sabía que era mágica de verdad, pero los espectadores pensaban que era un simple palito brillante. También suponían que la chistera se comunicaba con la mesa sobre la que cada noche el mago actuaba. Una mesa cubierta con un paño lleno de estrellas, bajo el cual habría un falso fondo, hábilmente ocultado. Ni por un momento podían imaginar que lo que veían ocurría realmente. Pero todo cambió cuando de un pequeño maletín depositado en el suelo salió una criatura diminuta y dijo: "Arkad, aunque te haga feliz, no podemos seguir jugando más en este planeta. Es hora ya de regresar al nuestro".





de Emilio Porta


La húmeda arcilla de la vida



Corre el agua, contenida, en la fuerza primera de su nacimiento, y luego libre.
Juega sobre las piedras y cubre su cuerpo con la claridad inconsciente de la rebeldía.
Su curso, finalmente, sobrepasa el cauce, lo inunda, y lo derriba.
La húmeda arcilla se amolda a la vida.
No puede detener a la corriente que ya conoce la libertad.







Mago



       Sacaba cintas, bolas, conejos y palomas de su chistera... y todo con una varita que él sabía que era mágica de verdad, pero los espectadores pensaban que era un simple palito brillante. También suponían que la chistera se comunicaba con la mesa sobre la que cada noche el mago actuaba. Una mesa cubierta con un paño lleno de estrellas, bajo el cual habría un falso fondo, hábilmente ocultado. Ni por un momento podían imaginar que lo que veían ocurría realmente. Pero todo cambió cuando de un pequeño maletín depositado en el suelo salió una criatura diminuta y dijo: "Arkad, aunque te haga feliz, no podemos seguir jugando más en este planeta. Es hora ya de regresar al nuestro".





de María Sangüesa


Dionisios



       Una vez más el desamparo, la tristeza, el abandono. Una vez más el sueño que se cubre de limo y se extiende sobre los médanos del tiempo. Una vez más el dolor que nos despoja las defensas, pobres barbacanas derruidas sobre fosos de aire, inconsistencia de todo lo mutable, de todo lo que ayer pareció inmenso, de todo cuanto creí indestructible fortaleza de lo eterno. Y sólo fue cúmulo de dados en la arena, dados en manos de los Dioses, arena sobre el tablero de la vida, juego de azar sobre el temporal de la impermanencia. Una vez más, Naxos sólo es ribera de orfandad.
       Y tú apareciste entonces, Dionisos, revestido de luz en la negrura, avanzando hacia mí con tus pasos de dios y tu risa de pífano tendida sobre el aire. Tú, Dionisos, regocijo del alma, avanzando hacia mí con túnica tejida de alborozo, con sandalias de dicha sobre mi orilla de repudio. Tú, Dionisos, que hoy llegas a mí, y me tiendes las manos, y sujetas mis penas. Tú, que colmas mi sed con el vino de tu magnanimidad. Tú, que abrigas mi soledad con el manto de tu magnificencia. Tú, que me entregas un ovillo de alegría, para que mi espíritu encuentre el final del laberinto en que se encuentra.
       Ahora, pides que te acompañe, ¿cómo no seguirte, Dionisos?, ¿cómo no abrazarme a tu nobleza? No es mi piel la que te reconoce, no es el loco deseo, ni la pasión que arrasa mis sentidos…No. Es el alma que se me vuelca, plena de luz, en este encuentro. Y me yergue ante ti, y me impulsa a la entrega de todo cuanto soy, dádiva de mi ser, don de mi vida, ímpetu de mi cuerpo. No tengo más para ofrecerte, sólo esta decisión de ser para ti gracia, don, regalo. Adónde tú me lleves, adónde yo te siga, porque tu risa me embriaga, me despierta, me resucita. Intuyo que tu voz siempre será senda de gozo, y en las manos que me tiendes vislumbro el júbilo del camino, de este camino que se ondula en el tiempo y vuelve y nos atrapa, una y otra vez, peregrinos del albur de los Dioses. Aunque lleguen días de sombra, pues siempre aparecen sombras en nuestras vidas, en nuestra larga travesía a través de los siglos, contigo será fácil alcanzar el rumbo de los astros. Y Naxos quedará atrás. Naxos será, tan sólo, un punto de inflexión en este destino que nos une.


de María Sangüesa


Daniya



La ciudad de Denia fue reino de taifa en el S. XI,
su nombre árabe fue Daniya.



                    Tintinean de vida mis ajorcas
                    ceñidas al tobillo y a mis pasos.
                    De las murallas a los muelles vengo
                    por las atarazanas de la espera.

                    Hoy somos las mujeres de Daniya
                    un cántaro de llantos y paciencia,
                    de la casa a las aguas caminamos,
                    para volver del mar a nuestros patios.

                    Navegan nuestros hombres en los sueños
                    de mantener un reino agonizante,
                    nos cercan los cristianos y su fiebre
                    de una ambición voraz e irremisible.

                    No hay peces en la mar, ni alguno hubiera,
                    que colme ya sus redes de codicia.
                    En sus manos cayeron otros reinos,
                    espejean sus fantasmas en las playas.

                    Mi canto de hoy se sumará a otros cantos,
                    no hay esperanza ya, tan sólo anhelos
                    de que regrese en su bajel de olvido
                    mi bien amado, mi vencido Omar.








Dionisios



       Una vez más el desamparo, la tristeza, el abandono. Una vez más el sueño que se cubre de limo y se extiende sobre los médanos del tiempo. Una vez más el dolor que nos despoja las defensas, pobres barbacanas derruidas sobre fosos de aire, inconsistencia de todo lo mutable, de todo lo que ayer pareció inmenso, de todo cuanto creí indestructible fortaleza de lo eterno. Y sólo fue cúmulo de dados en la arena, dados en manos de los Dioses, arena sobre el tablero de la vida, juego de azar sobre el temporal de la impermanencia. Una vez más, Naxos sólo es ribera de orfandad.
       Y tú apareciste entonces, Dionisos, revestido de luz en la negrura, avanzando hacia mí con tus pasos de dios y tu risa de pífano tendida sobre el aire. Tú, Dionisos, regocijo del alma, avanzando hacia mí con túnica tejida de alborozo, con sandalias de dicha sobre mi orilla de repudio. Tú, Dionisos, que hoy llegas a mí, y me tiendes las manos, y sujetas mis penas. Tú, que colmas mi sed con el vino de tu magnanimidad. Tú, que abrigas mi soledad con el manto de tu magnificencia. Tú, que me entregas un ovillo de alegría, para que mi espíritu encuentre el final del laberinto en que se encuentra.
       Ahora, pides que te acompañe, ¿cómo no seguirte, Dionisos?, ¿cómo no abrazarme a tu nobleza? No es mi piel la que te reconoce, no es el loco deseo, ni la pasión que arrasa mis sentidos…No. Es el alma que se me vuelca, plena de luz, en este encuentro. Y me yergue ante ti, y me impulsa a la entrega de todo cuanto soy, dádiva de mi ser, don de mi vida, ímpetu de mi cuerpo. No tengo más para ofrecerte, sólo esta decisión de ser para ti gracia, don, regalo. Adónde tú me lleves, adónde yo te siga, porque tu risa me embriaga, me despierta, me resucita. Intuyo que tu voz siempre será senda de gozo, y en las manos que me tiendes vislumbro el júbilo del camino, de este camino que se ondula en el tiempo y vuelve y nos atrapa, una y otra vez, peregrinos del albur de los Dioses. Aunque lleguen días de sombra, pues siempre aparecen sombras en nuestras vidas, en nuestra larga travesía a través de los siglos, contigo será fácil alcanzar el rumbo de los astros. Y Naxos quedará atrás. Naxos será, tan sólo, un punto de inflexión en este destino que nos une.


de Mila Aumente


El secreto de Alicia
(cuento infantil)



       Alicia mira ensimismada las cigüeñas que reposan en lo más alto del campanario. Hace dos días que Marcelo, su pajarito, ha dejado de existir. Fue ella misma quien, al abrir su jaula para ponerle agua y cañamones, le descubrió tumbado sobre la base de su casita. El llanto de la niña alertó a su mamá y ésta, tras ser espectadora de la tragedia, intentó consolar a la pequeña.
       – Alicia, no llores, el pajarito está dormido.
       – ¿Cuándo despertará, mamá? –preguntó la niña emocionada e impaciente.
       – No despertará, cariño; tiene un sueño muy profundo. Lo llevaremos a la finca y cavaremos un pequeño hoyo bajo el árbol situado junto a la ermita. Allí lo dejaremos entre algodones, metido en una caja.
       – Entonces ¿no podré volver a verlo?
       – Claro que sí, podrás verlo siempre que lo desees; para ello solo tendrás que mirar al cielo, y entre todos los pajaritos que veas volar, uno de ellos será Marcelo.
       Alicia sonríe, aunque no entiende muy bien cómo podrá llegar su pajarito desde allí hasta un lugar tan alto. Y mucho menos con ese sueño tan profundo. Los ojos de la niña apenas pestañean, tienen fija la mirada en el nido de las cigüeñas. De repente observa con admiración una bandada de pájaros volando por las cercanías. El entusiasmo de la niña se manifiesta en el brillo de sus ojos. Piensa que tal vez entre todos ellos esté Marcelo, y se pregunta: ¿Habrá bajado del cielo para verme a mí?
       Los papás de la niña, inmersos en su mundo, pasean por los alrededores de la finca ajenos a los pensamientos de su hija.
       Alicia vuelve a estar triste porque no ha visto a Marcelo; quizá se ha entretenido a comer por el camino y todavía no le ha dado tiempo a volar tan alto
       La niña, en un impulso de curiosidad, tras comprobar que sus papás paseaban por aquellos parajes, buscó una piedra puntiaguda y cavó en la tierra hasta recuperar una especie de canasta, en la que había visto por última vez a su pajarito. Allí estaba él dormido como la última vez que le vio. 
       Alicia lloró de alegría y pensó que a mamá no le contaría su experiencia por miedo a que se enfadase. A fin de cuentas, en el colegio había escuchado decir a una amiguita que los secretos se guardan en el corazón. Y allí, en ese lugar que ella no conocía y del que, sin embargo, sentía brotar sus emociones, escondió su primer secreto. Pasaron los años y Alicia jamás olvidó a Marcelo. Él permanece vivo, entre algodones, en ese lugar privado del que solo ella tiene llave.




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de Laura Álvarez Feito


Entre líneas



       Tengo por costumbre desde hace tiempo viajar en metro y escribir poemas movedizos, como este. Leo entre líneas historias que me inspiran. Casi todos los días pasa igual, correr bajo la música que anuncia la partida, pies que descienden a lo más hondo de los versos, puertas que se abren, otras se cierran. Respiro lenta, fatigosa tras la huida…No hace falta segundero para llegar a tiempo a la cita. En el asiento de enfrente, una pareja se ataca suavemente, a mi lado, una chica se empolva la nariz mientras una lágrima consigue escapar entre los barrotes postizos de sus pestañas…
       Transbordo, cambio de escena. Una música a veces inoportuna, se cuela “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”. Acordes de saldo y dignidad, ningún aplauso.
       Hervidero de sueños impacientes. Con el móvil del crimen en la mano, se mata el tiempo, y yo apunto, a punto…
       Cerca ya de mi destino, el hombre de la camisa a cuadros lee vorazmente “Adiós a las Armas”.
       Yo, camino sola…

Entre la muchedumbre es fácil
distinguir a los poetas en el metro,
todos tienen cuidado
de no introducir su alma entre coche y andén.




de Lola Álvarez Feito


Dislexia



                    Ya no puedo vivir sin red
                    y menos saltar sin red.
                    Se enredan las palabras,
                    abrazo algunas a ras de suelo,
                    vuelan otras enroscadas
                    a lo más alto del poema.
                    Mejor alegría que alergia,
                    mejor dos que dios,
                    mejor tu y yo que tuyo.
                    Bendita dislexia que me ayuda
                    a mejorar los versos que no escribo.







Pausa versal



                    Llamar a las cosas sin su nombre,
                    tildarlas de luz, sin acento conocido.
                    Baile de letras que disfraza
                    los días de labor como una fiesta.
                    Recitar de memoria versos olvidados,
                    salvaguardar el lenguaje
                    en un diccionario sin índice
                    y poner punto final a los discursos.
                    Inventar palabras, o recoger
                    aquellas que sembraron mis abuelas.

                    Yo me cansé hace tiempo de hablar bien,
                    me casé por lo civil con una musa.
                    Juré ante un viejo ejemplar de la RAE
                    ser siempre fiel a mis ideas, en la salud,
                    en la enfermedad.
                    Hasta que la ley del silencio
                    o esta pausa versal...

                    nos separe.

                    Todas las vidas de mi día.







Entre líneas



       Tengo por costumbre desde hace tiempo viajar en metro y escribir poemas movedizos, como este. Leo entre líneas historias que me inspiran. Casi todos los días pasa igual, correr bajo la música que anuncia la partida, pies que descienden a lo más hondo de los versos, puertas que se abren, otras se cierran. Respiro lenta, fatigosa tras la huida…No hace falta segundero para llegar a tiempo a la cita. En el asiento de enfrente, una pareja se ataca suavemente, a mi lado, una chica se empolva la nariz mientras una lágrima consigue escapar entre los barrotes postizos de sus pestañas…
       Transbordo, cambio de escena. Una música a veces inoportuna, se cuela “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”. Acordes de saldo y dignidad, ningún aplauso.
       Hervidero de sueños impacientes. Con el móvil del crimen en la mano, se mata el tiempo, y yo apunto, a punto…
       Cerca ya de mi destino, el hombre de la camisa a cuadros lee vorazmente “Adiós a las Armas”.
       Yo, camino sola…

Entre la muchedumbre es fácil
distinguir a los poetas en el metro,
todos tienen cuidado
de no introducir su alma entre coche y andén.